Oficialismo: entre el eco débil y el ruido desordenado
- 24 abr
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Isabel Margarita Silva Cox - Socia Directora Canal Comunicaciones
En política, comunicar no es accesorio. Es gobernar.
Y en ese ejercicio, los partidos oficialistas cumplen un rol que muchas veces se subestima: no están para aplaudir ni para diferenciarse por reflejo, sino para algo más complejo y exigente —ordenar, amplificar y defender el proyecto político del gobierno.
Ese equilibrio, sin embargo, ha sido esquivo en el primer mes y medio de administración.
Lo que se ha visto hasta ahora es una tensión mal resuelta entre dos extremos: el silencio estratégico —cuando se requiere presencia— y el ruido desordenado —cuando se necesita coherencia.
Frente a iniciativas relevantes del Ejecutivo, la reacción de los partidos oficialistas ha sido, en varios casos, tardía o fragmentada. Vocerías que no llegan a tiempo, mensajes que no conversan entre sí, o derechamente ausencia de relato. Y en política, llegar tarde es casi lo mismo que no llegar.
Pero el problema no es solo de timing. Es de conducción.
Un ejemplo claro ha sido la dificultad para instalar una narrativa consistente en torno a la agenda de seguridad. Mientras el gobierno intenta posicionar medidas, desde el propio oficialismo emergen matices, dudas o silencios que terminan debilitando el mensaje central. El resultado es predecible: la oposición fija el marco, y el oficialismo lo discute.
Algo similar ha ocurrido en el debate por reformas estructurales. En lugar de actuar como una coalición que ordena y explica, los partidos han transmitido señales cruzadas sobre prioridades, ritmos y contenidos. Más que ampliar la base de apoyo, esa dispersión genera incertidumbre.
A eso se suma el manejo de las tensiones internas. Diferencias que podrían procesarse políticamente terminan expresándose en público sin una estrategia clara. No como parte de una conversación deliberada, sino como reacción. Y en política, reaccionar suele ser perder la iniciativa.
Aquí hay un error de base: confundir autonomía con descoordinación.
Los partidos oficialistas no pierden identidad por alinearse en lo esencial. La pierden, en cambio, cuando no logran explicar con claridad qué están defendiendo.
Y eso abre una pregunta incómoda:
¿Están actuando como parte de un proyecto de gobierno o como actores individuales en una conversación fragmentada?
Porque gobernar no es solo ejecutar políticas. Es construir sentido. Y ese sentido no se improvisa: se trabaja, se coordina y se sostiene en el tiempo.
Si el oficialismo no logra ordenar su voz, amplificar sus prioridades y defender su agenda con convicción, el costo no será solo comunicacional. Será político.
Porque en política, el vacío no existe.
Y cuando un gobierno no logra explicar su propio rumbo, alguien más lo hará por él.
Y rara vez será en su favor.
